Los cinco pasos del discípulo Hotei a la cumbre de la montaña o la prolongada búsqueda de la espada Taia
de El último samurai
Quinto paso: Resurgimiento
El brillo de la vida se apagó en los ojos de Yagyu Munemori, mi
camarada, mi amigo, mi amante. El aroma de los melocotones maduros
impregnaba el ambiente, y una suave brisa mecía las briznas de
hierba sobre las que reposaba el cadáver y agitaba su cabello. Una
lágrima se deslizó por mi mejilla. Enfundé la katana sin limpiar
su sangre -un homenaje póstumo a todo lo que fue-, y reanudé mi
camino.
Aquella no sería la única muerte que me dolería aquella mañana.
Encontré Tendai Jien —mi maestro— junto a la tapia trasera del
monasterio. Atendía a unos peregrinos que buscaban sus
recomendaciones. Me senté a la sombra de un cerezo y esperé a que
terminara. Estaba deseando conversar con él, contarle todas mis
experiencias y escuchar su consejo tras todos los meses de
separación, búsqueda, penalidades y revelación. Pese a su
avanzada edad, y el sencillo kimono que vestía, su presencia imponía
respeto. Los visitantes, un grupo de samuráis de la familia
Hatamoto, atendían reverentes. Cada uno de sus movimientos, miradas,
ademanes y palabras parecían tener el doble de fuerza que los de
cualquier otro, como si escondieran una lección particular en si
mismos. Y así era.
Cuando llegó mi turno me levanté y nuestras miradas se cruzaron un
instante. Fue suficiente. Jien extrajo un tanto de su cinturón, y se
aplicó el triple corte. Su rostro no mostró asomo de dolor ni de
sus labios surgió lamento alguno. Cobraron sentido entonces las
palabras de despedida que nos dirigió el día que comenzamos nuestra
búsqueda. Incluso en su muerte me otorgó una nueva enseñanza.
Desde aquella mañana, yo soy el maestro.
Cuarto paso: Decepción
Mi rostro se iluminó con una sonrisa cuando reconocí la figura que
serpenteaba por el sendero del melocotonar en mi dirección. Era
Munemori, mi querido Munemori, a quien tanto añoré durante mi
estancia en el norte.
Alborozado, corrí hacia él.
Él corrió hacia mí.
Y nos detuvimos a unos pasos el uno del otro, expectantes, sin saber
que decirnos tras aquellos meses de separación.
—Se te ve bien —dije al fin.
—A ti también —Munemori sonrió y me palmeó el hombro. Se me
erizó el vello. —He descubierto el secreto de Taia.
Le guiñé un ojo.
—Igual que yo.
—Resultó sencillo, sólo entrené hasta aprender su secreto.
—La espada Taia no se aprende, se revela –le contradije yo.
Nos miramos, el futuro de las Mil Islas vendría determinado por cual
de las dos visiones prevaleciera. Munemori dio un paso atrás y
aferró la empuñadura de su katana.
Tercer paso: Revelación
El norte es una tierra fría, de nieve en invierno, y niebla en
primavera y otoño. Son muchos los peligros que acechan en los
caminos y bosques. Los daimyo deben mantener nutridas guarniciones
para procurar seguridad en sus provincias.
Pronto me enrolé en una escuadra que patrullaba la frontera del
dominio de la familia Gineza; una comarca hostil, donde desde hacía
varias estaciones desaparecían mercaderes y los campesinos rehusaban
abandonar sus hogares tras el crepúsculo. Si debía realizar una
búsqueda mantenerme en movimiento me pareció lo más adecuado.
La revelación llegó de repente, al igual que la muerte, cuando ya
no lo esperaba y me había resignado a permanecer por siempre en
aquella inhóspita región. Recordé uno de los enigmáticos refranes
del maestro Jien: “Sólo el que busca, puede encontrar; pero sólo
encuentra quien ya no busca”.
Nos encontrábamos en un pueblo costero, en la bahía del pez globo.
Las siluetas de los pescadores remendando sus redes desde una
prudente distancia —con ese sentimiento mitad miedo, mitad respeto,
que siente la casta heimin por los samurais— se recortaban a
contraluz entre la tenue bruma marina. Mientras tanto sus hijos
correteaban despreocupados junto a nosotros, sin que sus ojillos
infantiles se despegaran de nuestras armas. El jefe del poblado se
adelantó para presentar sus respetos a nuestro capitán.
Desenfundé mi katana y decapité a uno de los niños. De su cuello
brotó un chorro de sangre salpicándolo todo alrededor antes de que
su cuerpo cayera al suelo.
Mis compañeros me miraron horrorizados.
Entonces comenzaron los gritos, y la muerte.
Ante nuestros ojos los habitantes del poblado se transformaron en
una horda vociferante de bakemonos que nos atacó con la rabia propia
de aquella maldita raza. Portaban palos afilados, garfios, garrotes y
cuchillos oxidados; pero sus mayores armas eran el número y la
sorpresa. Más de la mitad de mis compañeros murieron sin saber que
era lo que les atacaba. Sólo la súbita revelación del secreto de
Taia tras meses de infructuosa búsqueda me había salvado la vida.
Un grupo de soldados —comandados por un enorme samurai que
balanceaba su no-dachi a izquierda y derecha, sembrando muerte con
cada giro de su arma— formó un círculo y se dispuso a resistir
los embates de aquellos pequeños horrores.
Yo me encontraba aislado. Cinco bakemonos me atacaron gritando desde
cinco direcciones distintas. Me agache y di una vuelta sobre mí
mismo, seccionando sus rodillas con mi katana. Uno más, aprovechando
lo precario de mi posición, trató de sorprenderme por la espalda.
Sin girarme, proyecté la empuñadura de mi arma hacia atrás y le
fracturé el cráneo. Di una patada a otro y lo mandé volando atrás
como si fuera una cometa rota.
Lejos, a mi derecha, una oleada de seres superó al único grupo que
se mantenía en pie. Por lo menos seis de aquellos horrores
acometieron a cada uno de los soldados. Los superaron por pura masa.
El último en caer fue el samurai que lideraba la resistencia. Los
bakemonos lo sepultaron bajo un revoltijo de cuerpos, pies, manos y
cabezas, pero tal era su voluntad que aún aguantó unos momentos,
agitando su no-dachi y desprendiéndose de alguno de aquellos seres,
antes de derrumbarse.
Estaba sólo y rodeado, pero no importaba. Acaba de revelárseme el
secreto de Taia, la técnica de la espada sagrada, y no existía
rival que pudiera resistir mi Ira.
Segundo paso: Separación
Kyoso-no-Oni era un rival temible, un ser blasfemo y antinatural, con
cuatro brazos, piel de víbora y cabeza de jabalí. El monte en el
que vivía estaba salpicado de armaduras oxidadas, armas quebradas y
huesos blanqueados al Sol. Restos todos de héroes, o de locos.
Sí, Kyoso-no-Oni era un rival temible, pero nada pudo en su combate
contra los discípulos del maestro Jien.
El cuerpo desmembrado del monstruo hacía mucho que estaba frío, y
las moscas zumbaban golosas sobre sus restos. Nosotros deberíamos
haber abandonado aquel paraje infecto, y emprendido el camino de
regreso. No era así. No conseguíamos hallar a Taia, la espada
ancestral. Desde luego éramos alumnos avezados, y sabíamos que no
se trataba de un vulgar arma física, si no de una enseñanza
mística. Pero tras las palabras del maestro esperábamos encontrar
en aquel paraje una señal que nos revelara sus secretos.
—¡Ya está! —gritó Munemori desde lo alto del monte—. ¡Ya lo
tengo!
Corrimos colina arriba. Nuestro compañero sonreía satisfecho.
—Sabed, —recitó las palabras de despedida del maestro— que
sois como los cuatro vientos.
Le miramos sin comprender, esperando una explicación.
—Norte, sur, este y oeste —añadió señalando cada una de las
direcciones. —Juntos hemos golpeado, y tenemos la fuerza de la
tempestad. Hemos derrotado sin apenas esfuerzo a un monstruo que se
tenía por invencible. Ahora ha llegado el momento de que nos
separemos para continuar nuestra búsqueda.
Asentimos, sus palabras tenían sentido y daban significado a las del
maestro. Siempre fue el más inteligente de todos nosotros.
Mi mirada se cruzó con la de Munemori. Nuestra búsqueda tomaría
tiempo, mucho. Ambos comprendimos que tardaríamos en reencontrarnos.
Si es que algún día lo hacíamos.
Primer paso: Partida
Tendai Jien, el maestro, tuvo que zarandearnos para despertarnos.
Yagyu Munemori y yo dormíamos entrelazados el uno al otro. Nuestro
amor hubiera sido imposible en otro lugar, pero en el monasterio
encontramos la comprensión que necesitábamos. Él era el menor de
una estirpe de cortesanos de Okinawa, yo el hijo de un humilde
campesino. Por fortuna, las convenciones sociales carecían de peso
entre aquellos muros.
Con un gesto nos indicó que le siguiéramos. Junto al estanque de
las carpas, aguardaban dos de nuestros compañeros Yotogi y Mukami.
—Se avecinan tiempos sangrientos a las Mil Islas —nos explicó el
maestro—. Sólo aquellos en verdad dotados, aquellos que esgriman
la sabiduría de la espada ancestral Taia, podrán detener el mal.
Sois buenos discípulos y conocéis bien las enseñanzas del Tao, por
eso ha llegado el momento en que viajéis a la colina de Nemuranai y
matéis a Kyoso-no-Oni. Allí se os revelará cuanto necesitáis.
Sabed que sois como los cuatro vientos, y no sintáis pena, pues las
ramas viejas han de podarse para que el cerezo florezca.
No hubo preguntas. Si hubiéramos necesitado saber más, Jien nos lo
hubiera explicado. Sin más preámbulos, hicimos una reverencia, y
nos sumergimos en la oscuridad de la noche.
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