El Tiempo es Relativo
de Andrés Salguero
El tiempo es relativo
¿31 de diciembre de 2008?
Hace unos meses, cuando aún no había acabado el curso, antes
incluso del verano, supongo que era marzo o abril, me despertó otro
cuerpo en mi cama. Fue de repente, el colchón se hundió un poco y
me hizo inclinarme sobre él, aún medio dormido, y recorrí su
espalda y su torso con mis manos. Emanaba calor. Fue la única vez
—dos, para ser sincero— que he dormido con otro hombre, los dos
desnudos. Tampoco pasó nada; al rato me volví a quedar dormido y
cuando me desperté estaba solo, las sábanas vacías, frías y
revueltas y ningún olor desconocido. Recuerdo que lloré al
encontrarme de nuevo desierto y sin nadie a quien acariciar, abrazar
o susurrar cualquier cosa al oído.
Ahora te preguntarás muchas cosas que quisiera aclarar. Desde ese
hecho ha pasado mucho tiempo, aunque en cierto modo el tiempo es
relativo. En segundo lugar, no soy gay. No es relevante, pero todo
cuadrará en su momento. Hace unas semanas, el 22 de diciembre, me
enteré al llegar a casa de que había ganado el segundo premio en el
sorteo del Gordo. Cierto, no es un mito; hay quien gana. Lo mejor es
que este boleto fue un regalo de una amiga que me hizo una visita en
septiembre. Compré muchas cosas: varios libros, discos, series de
televisión, hasta ropa (¡yo comprando ropa!) en Internet. Vamos,
compraba lo que me llamaba la atención en Ebay. Fui surcando la
página, de un enlace a otro, hasta que llegué a un tipo de
Australia que ofrecía una máquina del tiempo. Menuda idiotez,
pensé, pero me sobraba el dinero y me aburría, así que me puse en
contacto con él. Me habló de electricidad, de átomos y cosas por
el estilo. Yo le dije y me dije que si era posible viajar en el
tiempo, ¿por qué nadie había venido aún del futuro? Luego él me
planteó que tal vez ya lo habían hecho, pero con el cuidado
suficiente para pasar desapercibidos, y que era imposible viajar al
futuro porque aún no existía, y por tanto no se podía ir a un
lugar inexistente. Y que no obstante, la clave de regresar al pasado
se encontraba en los electrones de los átomos, que al formar enlaces
constituían la materia, y en especial los isótopos. Me quedé con
algunas claves, que mis conocimientos de física y química no pasan
del instituto: materia, antimateria, átomos, agujero de gusano,
neutrones, isótopos y poco más. Total, me convenció el hecho de
que él ya lo había usado satisfactoriamente: en San Google encontré
con su nombre dos noticias bastante opuestas: por una parte, había
desaparecido sin que nadie supiera nada, y por otro había ganado uno
de los mayores premios de la lotería australiana. Una tercera página
me dirigió al site de un comité de físicos australianos.
Por último, acordamos en el acuerdo/contrato que, si no funcionaba
correctamente, me reembolsaría íntegramente el importe, que para el
caso eran 1.000 libras australianas. Esta semana recibí su paquete,
urgente y certificado; dentro venía una máquina con la forma de un
receptor de TDT con dos anillas a los lados donde debían meterse las
manos, y unas instrucciones bastante simplificadas. Todo consistía
en ajustar la fecha a la que quería viajar como si fuera un reloj
digital, agarrar las anillas con ambas manos y despojarme de
cualquier objeto metálico. Por lo demás, presionar un botón y,
siempre de pie, esperar a que funcionara. Pensé muchísimas fechas:
el ascenso de Hitler al poder, lo mismo con Franco, el día de la
muerte de Lorca, el 11-S, el 11-M y así toda una cadena de tragedias
en la historia de la humanidad. Luego puse los pies en la tierra e
hice recuento del pasado más inmediato y evitable. Además, claro
estaba, debía inventar una identidad para no levantar sospechas. Me
llamaría Fate, como el periodista negro que, por si fuera poco, en
inglés significa “destino”. Que esa es otra, ¿alguien me
explicará alguna vez la diferencia entre fate y destiny?
Bien, soy inglés y me llamo Fate, el nombre es lo de menos: Peter
Fate, John Fate, paparruchas. Al final lo vi todo claro. El accidente
de Barajas era algo plausiblemente evitable. Fecha: 19 de agosto de
2008, justo un día antes, muy temprano, antes de que amaneciera.
Hice mi viaje completamente desnudo por miedo a llegar con los
vaqueros empalados bajo mi piel o tener el pecho a rayas como la
camiseta.
Llegué a mi habitación el día 19 de agosto, sobre las cinco de la
mañana. El instrumento había desaparecido de mis manos y me sentía
algo mareado, así que me metí en la cama junto a mi yo pasado, que
dormía ajeno a mi llegada al dormitorio. Estaba desnudo. Estábamos
desnudos. Éramos como clones o gemelos o algo parecido, y me reí en
silencio al pensar que soy Géminis. Me levanté antes de que mi yo
pasado despertara y comencé la carrera a contratiempo. Bajé a la
calle y me dirigí al cajero, saqué dinero y me fui a un ciber.
Entonces creé uno de esos malditos mensajes-cadena para advertir
sobre lo que sucedería al día siguiente con la certeza de que nadie
lo tomaría en serio. Luego… bueno, a ver, supuse que no somos tan
dados a la paranoia como los americanos. ¿Me imaginan tratando de
advertir al Pentágono sobre los ataques del 11-S con mi inglés de
Móstoles? There`s just no fucking way. Pero Barajas es
Madrid, España, al ladito de Móstoles, y nosotros no somos tan
estúpidos, tan cerrados de mente. Joder, venga ya, que está la
izquierda en el poder. Compré un vuelo (carísimo, como dos riñones
y un pulmón en el mercado negro) Valencia-Madrid con la congoja de
si no sería ése el avión postsiniestrado. Y llegué a Madrid con
una facilidad asombrosa para saltarme los controles de seguridad y
acreditación e identificación. Entonces me dirigí al mostrador de
Spanair, donde una chica me atendió al principio con amabilidad
fingida que se convirtió en cuestión de segundos en pura histeria.
Exigí hablar con un responsable de la compañía, con el servicio
técnico, pero fueron todo oídos sordos. Me echaron; echaron a Judas
Fate, el loco inglés. Y el día del accidente volví temprano al
aeropuerto con una pancarta y cientos de flyers alarmantes. Es
admirable la rapidez con las que puede organizar las cosas una sola
persona. Como ente, los seres humanos somos una mierda, y para darme
cuenta de eso no me ha hecho falta viajar al futuro. Nuestra
paranoia, nuestros miedos, nuestra desconfianza serán el detonante
de un mundo frivolizado e inhumano. Nadie está exento de acabar así.
Y mientras yo intentaba convencer a un puñado de simios idiotas de
que la mayor tragedia del año estaba a punto de suceder,
probablemente mi yo del pasado estaría en Villena haciéndose una
paja o asistiendo a una clase que no me reportaría nada. Pero
funcionó, que no cunda el pánico. Esto parecía más el argumento
de Destino final que —permítame, Lector Constante, la
frivolidad— Tragedia en Barajas. Algunos de los pasajeros,
al oír mis súplicas y leer los panfletos se echaron atrás y
reclamaron su equipaje antes de embarcar. Convencí a algunos, salvé
sus vidas. Incluso me propuse ocupar uno de los asientos próximamente
siniestrados, puesto que yo ya existía, pero en el futuro mi doble
volvería hasta el accidente de nuevo y acabaría con mi vida para
siempre en una puta paradoja sin sentido. Y si quería salvar vidas,
al morir yo mi “hazaña” perdería el sentido. El rumor de un
fallo en el motor, de un posible ataque terrorista, cundió entre los
pasajeros y casi la mitad de ellos cancelaron su vuelo, pero la
compañía replicó con una oferta irresistible: vuelo Madrid-Las
Palmas por 10 vergonzosos euros, todo incluido. Pronto llenaron la
lista hasta los 200 y pico, el avión salió esa tarde con un retraso
por excusa, lo vi levantar el vuelo, tambalearse un poco en el aire y
explotar en una mole de fuego y humo negro. Oí los gritos de los
testigos, los hostia puta, mira lo que acaba pasar, los ¡oh dios
mío!, las sirenas y los pasos de los guardias que se abalanzaban
sobre mí.
Hace una semana que sucedió todo esto, me han interrogado mil veces
y mil veces he tenido que inventar una historia sobre una revelación
divina. Qué curioso, ahora la gente cree más en la religión que en
la ciencia, y sólo me queda la desesperanza por saber que tal vez el
destino está escrito, que todo lo que me ha pasado está guionizado
desde que nací. Y que un hombre solo es insignificante, pero que
todos juntos somos poco más que incompetentes.
Cuento con la esperanza de que pasen de nuevo unos meses para pujar
de nuevo por la máquina, quién sabe si contra mí mismo, y hacer
que existamos tres yos a la vez, o infinitos, o puede que ya existan
y yo ni siquiera lo sé. Ni quiero saberlo.
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